PROLOGO
Marzo 22nd, 2008 at 12:22 pm (Libro I - Gales)
“LA LEYENDA DE LEURELEY”
LIBRO PRIMERO: “GALES”
PRÓLOGO
El esperado momento en que la imponente figura de Erion se erigió sobre la colina generó tal inquietud entre los soldados kretor y las criaturas crithnos que consiguió que la tendencia en la refriega virase de rumbo.
Súbitamente, y a pesar de que aparentaban poseer el mismo vigor en la lucha, en su interior una sombra se cernía y los golpes de espada, que hasta ese instante habían resultado brutales, poco a poco iban mermando en fortaleza. A los pocos minutos, los atacantes acababan convertidos en guerreros cómodamente abatibles.
No se trataba de una llegada repentina ni salvaje que con un poderoso alarido de guerra animase a hombres y kylions a luchar con mayor ferocidad. Aquello que se constituía como el auténtico terror para el enemigo se encontraba en el solemne y majestuoso porte del héroe, así como en la esplendorosa espada que sujetaba, Zaith, cuyo filo siempre señalaba hacia el Sur antes de realizar la primera sacudida y de la que se decía en toda Phyrium que, si resultaba bañada por la luz de la luna Xpin en mitad de una batalla, ella sola sería capaz de acabar con todo un ejército por extenso que éste fuese.
En esta ocasión, Erion divisaba el Sur justamente frente a sí, de tal manera que el extremo de la espada se tendía precisamente en dirección a los cuatrocientos o quinientos seres que, otra vez, como una de tantas desde hacía setenta y tres años, intentaban asaltar la ciudad de Gashyn para ocupar el Castillo y, extinguiendo el Incólume Fuego, alzarse con el poder. Una vez conseguido éste, se podría dar inicio a la conquista de todas las demás ciudades de la región que, derrotado ya el héroe y vacías de toda esperanza, irían cayendo con suma facilidad.
“Son demasiado pocos esta vez”, pensó para sí Erion antes de comenzar el avance. Le resultaba extraño el escaso número de insurgentes que aquél día combatían en la inmensa explanada de Elyum, a pocos kilómetros de Gashyn. “Dargok debe estar desesperado si después de tantas derrotas todavía cree que con estos pocos esbirros va a poder causarnos daño alguno…”, y sin casi tiempo para finalizar este pensamiento azuzó con fuerza a Jamik, el portentoso caballo que montaba, y se abalanzó con toda su furia en dirección a los kretor que peleaban en la vanguardia.
En la primera sacudida cayeron tres de ellos sin la menor huella de vida en sus repelentes cuerpos. Pedazos de espadas y escudos hechos añicos volaban a su alrededor como si de una cruel avalancha se tratase. No hubo resquicio de arma que pudiese, siquiera, rozarle, tal era la rabia con la que embestía. “Quizás esté resultando exageradamente fácil”: esta era la idea que con denodado esfuerzo se internaba en la mente de Erion a la vez que golpeaba. La resistencia era mínima y hasta sus propios hombres se estaban empezando a hacer eco de ello…
Transcurridos unos minutos, y habiendo sido abatidas varias decenas de enemigos, un sonido de ultratumba que surgía más allá de las últimas líneas de los crithnos comenzó a paralizar a los contendientes. El gutural bramido fue haciéndose cada vez más poderoso y, si bien no podía salir de una garganta amiga, a Erion empezó a parecerle extrañamente familiar. De tal magnitud y duración estaba resultando aquel grito desgarrador que todos los soldados en lid tuvieron que apartarse hacia los lados, aterrorizados, y abrir paso a la figura de la que procedía. Nadie luchaba ya, pues todos esperaban con ansiedad a que el infernal alarido tocase a su fin. Cuando así lo hizo, fue el instante preciso en que Erion y los suyos descubrieron a su enigmático emisor.
-¡No alcanzo a dar crédito a mis ojos! – gritó en la distancia Erion, cuya voz no dejó entrever la desazón que el horrible grito había suscitado en él –. ¡Se trata de Dargok y, por una vez, dispuesto a luchar!
-¡Ja,ja,ja! – rió maléficamente Dargok, y en su mirada podía descubrirse la existencia de un odio extremo – ¡Resulta patético observar cómo el magnánimo y bondadoso gran héroe de Phyrium intenta manejarse con armas tan innobles como la ironía y el sarcasmo! ¡De poco va a servirte toda tu socarronería, pues el momento de tu caída se halla cerca, muy cerca!
El oscuro ser montaba un no menos malévolo caballo y, en su conjunto, la figura resultaba aterradora. Muchos de los kylions allí presentes, pese a haber oído hablar tantas veces del indeseable Primer Lugarteniente de los Ejércitos Malditos, Dargok, jamás habían tenido ocasión de observarle con sus propios ojos. Mas, tras el gélido espanto que aquel día su visión provocó en ellos, sin duda habrían preferido mantenerse desconocedores de imagen tan funesta.
-¡Sería triste que no te hubieras podido despedir de tus dos encantadoras hijas, oh, gran héroe! – afirmó Dargok con estudiada astucia-. ¡Pero no siempre puedes tener lo que quieres! ¡Tu hora ha llegado! – añadió con extrema frialdad.
Tras estas palabras, el resto aún vivo del ejército de Dargok rompió en exclamaciones de un desalmado júbilo, tan fuertes que llegaron a escucharse hasta en el último rincón de Gashyn, despertando entre sus habitantes un inusitado temor. Una vez finalizado el efecto desconcertante de estos gritos, Erion pudo pensar con la suficiente claridad como para comprender que aquel desafío suponía algo, a su vez, del todo inaudito. Jamás Dargok se había dejado ver en ninguna de las incursiones de su ejército a lo largo de los años; siempre inteligentemente oculto, desde su posición solía observar y dirigir a sus esbirros en la batalla, a los cuales, se decía, era capaz de controlar con la mente.
La primera y última vez que Erion y Dargok se habían encontrado había sido cincuenta años atrás - poco antes de la llegada de los Kylions -. Este último visitaba, en compañía de unos pocos kretor, la no muy lejana ciudad de Westnoth, con la perversa intención de esparcir entre sus habitantes mentiras contra Erion, a sabiendas de que éste habría de presentarse en breve, avisado por la Guardia Permanente. Dargok, sin ni siquiera dignarse a plantar cara al héroe, abandonó la ciudad maldiciendo contra él. La fuerza y el poder de Erion eran tales que nadie, desde que finalizase su entrenamiento a los veintiocho años – ahora contaba con ciento cinco, la plenitud de la vida para un humano en Phyrium -, se había atrevido a luchar cuerpo a cuerpo con él; se sabía invencible.
De improviso, y para sorpresa de todos, Dargok espoleó a su caballo. Este, tras levantar con furia sus patas delanteras en un relincho espeluznante, comenzó a avanzar a galope en dirección a Erion. El rostro de Dargok, ya de por sí deleznable, se mostraba absolutamente deformado en una mueca de rabia descontrolada. No gritaba esta vez, sino que de lo más profundo de sus entrañas surgía, aberrante, una especie de rugido que bien podría haber sido confundido con el de alguna bestia inmunda.
En los escasos segundos que tardó en alcanzar la posición de Erion y arremeter con su espada, el gran héroe hubo de disimular una insólita sorpresa ante el inesperado arranque del oscuro ser. En verdad no habría sido necesario, pues todos los ojos que en la explanada con vida quedaban, apuntaban, absortos, hacia la figura de Dargok. No obstante, sólo tuvo que ejecutar un rápido y preciso movimiento para evitar un golpe bastante poco certero. Este hecho acabó por despejar las reducidas dudas de Erion, quien decidió, con una velada sonrisa en los labios, esperar desde su posición el siguiente embate.
Este no se demoró mucho, pero en esta ocasión, y a punto de ser embestido, Erion utilizó una simple fracción de segundo para dejar caer su cuerpo hacia uno de los costados de su caballo de tal manera que, antes de alcanzar al suelo, pudo blandir su espada y, de un único tajo, cortar las dos patas traseras del caballo de Dargok, haciendo caer a éste de manera estrepitosa. El animal, desde el suelo, bramaba de dolor hasta que Erion se acercó a él y, asestándole otro feroz golpe en mitad del cuello, le envió a las tinieblas, pues a pesar de su condición de maldito ningún ser era merecedor de tal sufrimiento.
Al ver Erion que Dargok intentaba incorporarse dio un enérgico salto hacia él, lo agarró y, haciéndole caer, aplastó su rostro contra el suelo. Desarmado y sin ninguna posibilidad de resistencia contra la brutal fuerza del héroe, se limitó a suplicar:
-¡No, no me mates Erion, por favor! Nunca debí enfrentarme a ti. ¡He sido un necio!
-¡Nunca lo he dudado, pero vas a pagar cara tu osadía! – espetó Erion mientras la punta de Zaith apretaba el negro cuello de Dargok.
-¡No, no quiero morir! – gemía el ser -. Tú siempre has sido justo hasta con tus enemigos. ¡No puedes acabar conmigo de esta manera!
-¡Tú eres más que un enemigo para mí! – exclamó Erion -. Demasiados son los años que llevas martirizándonos y muchos los inocentes que han muerto por tu causa.
-Tienes razón, héroe. Pero debes darme una oportunidad – rogaba Dargok con lastimero y teatral gesto -. Hazme prisionero, enciérrame en tus mazmorras, tortúrame si es necesario; pero no me mates, te lo ruego. Quién sabe si, con el tiempo, no haces de mí un hombre de bien…
Erion, enfurecido ante estas sarcásticas palabras, levantó a Zaith y, dando un fuerte grito, asestó una salvaje estocada que rozó tan de cerca la oreja de Dargok que ésta comenzó a derramar una sangre decrépita y negruzca. El héroe, temblando de ira, se apartó del cuerpo de su enemigo y gritó a sus soldados:
-¡Atadle y llevadle a las mazmorras! – y añadió como para sí -: Supongo que en el futuro me arrepentiré de no haber terminado con él en este día.
En ese preciso instante, un gran cuervo negro pasó graznando por encima de sus cabezas en dirección a Gashyn.
-¡Y vosotros, malditos! – gritó a los kretor, pues los crithnos no conocían el lenguaje común -: ¡Id a Saurk y decidle que Dargok es mi prisionero y que si en algo estima la repugnante vida de su siervo, que no permita que os acerquéis nunca más a estas tierras!
Dicho esto, envainó la espada y dio media vuelta. Al hacerlo pudo ver cómo Dargok era arrastrado por sus hombres en dirección a Gashyn; y una sombra se alzó en su interior al haber podido jurar que observó, durante un mínimo instante solamente, una intencionada sonrisa en sus negros labios…