PRIMERA PARTE

 

CAPÍTULO PRIMERO

“Un primer error”

 

Los potentes surtidores de la Gran Fuente Central se difuminaban en minúsculas gotas que la suave brisa matutina esparcía por el aire. Una joven de pelo rojo y ojos dorados se recostaba sobre uno de los cuatro bancos de piedra que la rodeaban, mientras recibía en pleno rostro la húmeda y refrescante corriente. Cuando el viento cambiaba de rumbo, ella se levantaba y se dirigía al banco que mayor flujo de agua recibiera entonces. Una vez allí, se tendía de nuevo y se disponía a dejarse inundar por la grata sensación de libertad que dicho acto le proporcionaba. De manera habitual, en Gashyn, y más concretamente en su Castillo, el viento soplaba del Sur…
El Patio donde se desarrollaba la escena estaba dedicado a los Cuatro Dioses venerados por los pobladores de Phyrium desde tiempos inmemoriales. Con una estructura cuadricular, dos estrechos caminos empedrados lo dividían en cuatro jardines de idéntico tamaño. Conformados por cierto número de árboles y hierba, cada uno de ellos rodeaba una estatua alzada en nombre de la Deidad correspondiente; Iss-Goria, Diosa de las aguas, ocupaba el jardín noreste, al tiempo que en el noroeste lo hacía Toirh, el Dios de la Tierra. En el sureste se encontraba Nae, Dios de la Luz, mientras que en el jardín suroeste lo hacía Mortuar, Diosa de la Oscuridad, cuya festividad se celebraba en ese día.
En medio del patio se situaba, inmensa, la Gran Fuente. Casi nadie sabía cuál era el enigmático sistema con el que se lograba que los chorros subieran a tan inmensa altura, pero lo cierto era que el estruendo del agua al caer de regreso a la pila hacía que una simple conversación a sus pies se convirtiese en un fuerte griterío. Sólo por las noches descansaban los surtidores y era en esos momentos, iluminada por grandes antorchas, cuando mejor podía observarse la gran estatua que se constituía como esplendoroso centro de la fuente y por tanto de todo el patio.
Una vieja tradición de la ciudad promovía que el personaje representado en esa gran figura fuera siempre alguien que diese gloria a los Dioses, sin haber abandonado aún el mundo de los vivos. De esta manera, la estatua sería sustituida cada cierto tiempo, nunca determinado con exactitud. En ningún lugar estaba escrito que hubiera de ser necesariamente el descendiente vivo de la Estirpe de los Héroes quien la presidiera, pero la lógica general imponía que así fuese, pues nadie como ellos a lo largo de sus muchos siglos de existencia había sido tan fiel reflejo de esa Gracia Divina; sin duda la bondad, justicia y fortaleza que desde siempre habían ostentado procedía directamente de las Altas Potestades. Por ello, desde hacía cincuenta y un años, la efigie de Erion era la que se revelaba, radiante, en el centro de la fuente, y todo el mundo daba por hecho, como había ocurrido con sus antecesores, que no sería levantada de allí mientras el gran héroe no cayese…
Sin embargo, el objeto de la imagen no era el de exaltar o elevar a los Héroes a una categoría más allá de lo meramente humano; ellos mismos jamás lo habrían permitido. Se trataba, más bien, de una especie de ofrenda, un gesto mediante el cual se buscaba expresar a las Deidades que, aquel que allí se mostrase, permanecería durante su vida entera ofreciéndose en cuerpo y alma como baluarte en la búsqueda de la justicia y libertad plenas para todos y cada uno de los rincones y habitantes de Phyrium.
Mientras las diminutas gotas rociaban el rostro de Kyntark, éste reflejaba una inmensa paz. Era una de las emociones favoritas de la joven e intentaba disfrutar de ella cada vez que tenía oportunidad, siempre que no fuera observada. A sus dieciocho años, y a pesar de ser admirada a causa de su belleza y al hecho de ser la primogénita de Erion, era reacia a mostrar sus sentimientos y no gustaba de ofrecer explicaciones a los demás acerca de sus actos. Tampoco a su padre. Su carácter serio e introvertido era advertido por todos, e incluso los niños que solían rondar por las dependencias del Castillo la miraban con cierto recelo y, en muchos casos, con miedo. No lograban acostumbrarse a que ella, en multitud de ocasiones, se dedicara a atemorizarlos hablándoles de oscuras historias, añadiendo muecas y gestos desagradables que acababan por provocar la huida de los pequeños y posteriormente en ella una sonora y perversa carcajada.
Un rumor se extendía entre casi todas las familias que habitaban el Castillo. Según éste, Kyntark era un alma torturada en cuyo interior se libraba una tremenda batalla. Y era cierto. De un lado se enfrentaban los sentimientos de amor y filiación que albergaba hacia su padre; de otro, aquellos que rechazaban el hecho de que fuera el magnífico héroe al que todos admiraban y aclamaban. Se decía que Kyntark habría preferido que Erion hubiese sido uno más de los cotidianos y anónimos habitantes de Gashyn. Su fama y el respeto que en la ciudad le profesaban se extendían hacia ella y hacia su hermana menor, Gales. Y aunque a ésta en verdad no le importase, para Kyntark suponía un continuo sufrimiento. Pasar desapercibida, dado su peculiar carácter, era algo de gran importancia y necesidad para ella. Pero en un lugar como el Castillo de Gashyn no resultaba fácil de conseguir.

La monumental construcción era la mayor y más importante fortaleza de Phyrium. Todos la consideraban inexpugnable. A su vez, la ciudad se hallaba edificada en lo alto de un impresionante peñasco que se alzaba solitario en medio de la vasta llanura de Elyum. Dicha extensión era dividida en dos por un grandioso río: el Antiguo, cuyo cauce bordeaba el límite norte de Gashyn. Con una caída de cuatrocientos setenta y cinco pies desde la vivienda más cercana a la corriente, el acceso a la urbe desde este punto se llevaba a cabo merced al Gran Portón Norte, una gigantesca estructura de bronce abierta en mitad de la roca. A través de ella, como ocurría con las demás entradas, se ascendía, mediante un elaborado sistema de túneles, a la superficie. A muy pocos metros del citado portón desembocaba un magnífico puente, única manera de cruzar con seguridad el ancho y caudaloso río en muchos kilómetros.
El otro lado de la ciudad, la cara sur del peñasco, comprendía mayor altitud, rebasando los seiscientos quince pies. Era la zona en cuyo extremo se situaban las descomunales Murallas del Castillo, completadas con las tres majestuosas Torres de la Guardia. Desde la primera era posible divisar toda la llanura este, los meandros del Antiguo hasta la lejanía y las estribaciones de los Montes Ónixa, con el Monte de los Espíritus al fondo. La Torre Oeste controlaba de igual manera toda la extensión poniente, desde la Fortaleza de El Blanco —divisada, en las mañanas de cielo despejado, como un minúsculo punto en la distancia—, el Bosque de Westnoth, y Yuulh, la aldea donde los Kylions tenían su principal foco de población. Por fin, la Gran Torre Sur, enclavada exactamente encima del Gran Portón Sur, cubría, por este lado, toda la llanura de Elyum. Sólo muy a lo lejos podían percibirse las Colinas de Morne, aquellas que ocultaban el emplazamiento de Julery, la ciudad ocupada por los Ejércitos Malditos más cercana a Gashyn. Hacia el Norte, además de poder contemplar la ciudad entera y el gran puente, se divisaban, al final del horizonte, las aguas del Mar de la Calma. El Castillo, amén de su función defensiva, cumplía dentro de la ciudad una labor que iba más allá de lo meramente militar: era el alma de Gashyn. Lejos de estar habitado sólo por los parientes de los soldados del ejército comandado por Erion —que incluía tanto a humanos como a kylions—, existía una zona destinada a acoger a otras muchas familias de la ciudad. Mediante un democrático y cuidadoso sistema, ocupaban temporalmente las viviendas mientras gozaban del provecho derivado de morar en un castillo. De esta manera, todos los habitantes de Gashyn habían pasado algún período de tiempo alojados en la Fortaleza. En ocasiones exentos de cualquier responsabilidad comunitaria, o teniendo, en otras, que realizar las tareas de servicio a los demás habitantes, tal era la igualitaria y estructurada organización que se llevaba. Huelga decir que este tipo de labores eran comunes tanto para la zona civil como para la militar; por ello, a nadie sorprendía ver cómo, cada cierto tiempo, el mismísimo Erion era también encargado de desempeñar las tareas de limpieza en su sección. De hecho, nadie en Phyrium tenía al héroe por un monarca, senescal o gobernante de cualquier naturaleza. No existía un trono en aquel Castillo. Las decisiones políticas eran tomadas por un Consejo permanentemente renovado. Lo único que presidía la sala principal de la Fortaleza, haciendo las veces de rey, era una pequeña pira, reavivada con tal perseverancia durante cuatrocientos treinta y ocho años que jamás había visto extinto su ígneo cuerpo en todo ese tiempo. La leyenda decía que los propios Dioses fueron quiénes la prendieron, imponiendo en sus llamas los Dones Divinos. Pureza y Claridad contra las dañinas y tétricas oscuridades del mundo.
Sólo el Incólume Fuego era quien gobernaba el país de Phyrium, allí donde cabía la posibilidad de afirmar, sin riesgo a equivocarse, que nadie era más que nadie.

Mucha gente tenía acceso, pues, al patio donde Kyntark se encontraba; pero ella era muy hábil a la hora de elegir con exactitud aquellas horas en las que no iba a ser molestada por nadie mientras disfrutaba del tan preciado momento del refresco. Aquella mañana, la joven parecía sentirse más tranquila que en las últimas semanas, en las que apenas había salido de la oscura biblioteca donde, desde que era una cría, solía permanecer horas y horas leyendo y estudiando. El furtivo pensamiento que había aflorado en su mente en los últimos tiempos y que tanto le inquietaba, comenzaba a dejar de ser una amenaza para su espíritu: ¿Por qué no podría llegar un momento en que ella, Kyntark, hija primogénita del gran héroe y esperada heredera de su poder, renunciase a todas las cargas que la tradición le imponía? Así, podía imaginarse a sí misma, no sin gran nerviosismo, escapando de la ciudad en busca de una vida libre y sin ataduras. Ansiaba encontrar su verdadero yo, aquel que no siempre le atraía hacia la perfecta heroína que todos, a toda costa, decían que debía ser.
Sólo un obstáculo la frenaba en seco cada vez que debía encararlo: la añoranza que supondría para ella separarse de su hermana Gales.
—¡Otra vez has vuelto a romper mis dibujos! —gritó de manera súbita una joven voz desde la entrada Este del patio—. No quiero enfadarme contigo, Kyntark, pero últimamente te estás pasando de la raya.
—¿De qué hablas, Gales? – preguntó Kyntark, incorporándose rápidamente ante la inesperada llegada de su hermana y secándose el rostro con las mangas de su túnica —. ¿Ya estás de nuevo cargándome las culpas de cualquier cosa?
—Es la tercera vez en una semana que aparecen arrugados y rasgados, y estás empezando a fastidiarme porque, entre otras cosas, no sé qué te lleva a hacer algo semejante —decía Gales mientras llegaba al centro del patio con gesto de gran seriedad, muy poco común en ella.
—Gales, déjame en paz con tus raras historias —contestó Kyntark, mirando hacia otro lado. Su amor por su hermana era incondicional, pero gustaba poco de demostrárselo con demasiada asiduidad—. Ya sabes mi opinión sobre tus dibujitos de cría de diez años…
—Precisamente esa es la razón que te convierte en principal sospechosa. Pero… mírate, ¡estás calada! —señaló Gales, acercándose a su hermana para secar sus rojos cabellos.
—No es para tanto —dijo Kyntark, levantándose y dándole la espalda—; debí quedarme dormida…
—¿Dormida? ¡Cuidado señores! —dijo Gales en tono burlón—: Kyntark, la única mujer de toda Gashyn incapaz de dormir más de cinco horas seguidas, se va quedando traspuesta por los rincones para despertar más tarde empapada…¿en sudor?
—Te has levantado hoy muy chistosa por lo que veo.
—Vas a coger un catarro de cuidado. No me parece que sean horas de ir por ahí mojada de esta manera.
—¡Cuidado señores!: la difunta madre de las hijas del héroe ha regresado a la vida y ha tomado posesión del cuerpo de su hija menor para… —Kyntark interrumpió sus palabras, arrepentida de la dureza de las mismas al contemplar cómo, de los azules ojos de su hermana, surgían dos lágrimas furtivas–. Perdóname Gales. Creo que me he excedido.
La madre de las dos, Thasua, murió cuando Gales sólo tenía siete años —ahora contaba con dieciséis—, al dar a luz al que habría sido su hermano menor, Claem, quien falleció en la misma hora.
—¿Qué te pasa hermana? Nunca me habías hablado de este modo —dijo Gales, limpiándose la cara, pero más tranquila ya—. Me tienes preocupada.
Kyntark la abrazó solícita.
—Nunca te preocupes por mí Gales. No lo hagas, por favor.
—Es que a veces no alcanzo a comprenderte y… —Gales se interrumpió al observar la entrada al patio de un gran cuervo negro que, sin dilación, se dirigía directamente hacia ellas—. Ya está aquí otra vez ese bicho repelente —dijo, apartándose unos pasos de su hermana mientras el desagradable animal se posaba en el hombro de ésta.
—Te pediría que no insultes a Furin —reprendió Kyntark—. Yo jamás falté al respeto a ese, tu tan amado felino —concluyó en un tono de cierto sarcasmo.
—No me lo recuerdes, por favor. Apenas se cumplen dos semanas desde su extraña muerte —dijo Gales, nuevamente apenada—. Jamás podré entender cómo puedes preferir un negro ser como ese a un precioso gatito de suave y sedoso pelaje…
—Cuestión de gustos, hermana. Contra eso ya he descubierto que no se puede pelear —dijo Kyntark en un tono que ahora reflejaba cierta melancolía, como si ese fuese un pensamiento que la hubiera dado grandes quebraderos de cabeza en otros tiempos. Se sentó meditabunda en el banco de Iss-Goria, haciendo que el ave se posase sobre su muñeca derecha.
—No me gusta nada ese animal —dijo Gales, sentándose a su lado y mirando con desprecio al cuervo—. Ahora que lo pienso, ¿no habrá sido él el que ha destrozado mis dibujos?
—Tonterías. Habrán sido los hijos de Mestrin. Ya sabes lo traviesos que son. —Sabes perfectamente que ellos no han podido ser. Ha ocurrido esta noche y los niños no pueden abandonar sus alcobas después de la medianoche, y mucho menos… —Gales hizo una pausa un tanto inquietante y añadió—: pasar por delante de la bajada a las Mazmorras.
Kyntark se levantó, turbada.
—¿Por qué utilizas ese extraño tono cuando hablas de las Mazmorras? —preguntó, incorporándose. En su voz se percibían los ecos de un forzado disimulo—. ¿Hay algo que yo debería saber respecto a ellas?
—¿Tú qué crees? —dijo Gales, levantándose y yendo hacia ella. Pegadas a la fuente, sus voces parecían más bien gritos—. Mira, Kyntark, estaba decidida a no hablar del tema, pero viendo tu actitud, me va a resultar imposible. Lo sé todo.
—¿Qué es lo que sabes?
—¿Cómo puede habérsete ocurrido ir a hablar con ese… monstruo?
—¿Cómo te has enterado? —preguntó Kyntark, inquisitiva—. ¿Quién te lo ha dicho?
—Tengo mis propios cauces de información —respondió Gales—. Además, ¿qué importa? El hecho es que has ido a verle…
—Gales, no quiero hacerte daño otra vez —dijo Kyntark, intentando controlar su indignación—, pero me gustaría mucho que dejases de controlarme. Soy tu hermana mayor, ¡recuérdalo!
—Dos años de diferencia son insuficientes para no poder preocuparme por ti. ¿Cómo te sentirías tú si me hubieras descubierto hablando con un despreciable ser como es ese Dargok?
Kyntark no respondió.
—Fue por accidente. Estaba jugando con Fúrin y, persiguiéndole, acabó introduciéndose en ese lugar…
—Conque Fúrin, ¿eh? Si cuando yo digo que ese cuervo me repele… —dijo Gales, pensativa—. Y el guardián, ¿no te cerró el paso?
—El guardián…, seguro que ha sido él el que te lo ha contado todo —contestó Kyntark—. El maldito me prometió que no lo haría.
—¡No hables así! —la recriminó Gales—. Te prometió no decírselo a papá. De mí no hablasteis.
Kyntark comenzó a caminar lentamente hacia el jardín de Mortuar. Gales la siguió.
—Pero, ¿qué fue lo que te dijo?, ¿pudiste soportar su conversación?
—Bueno, es cierto que es un ser muy desagradable pero… —dudó un segundo— no me trató mal.
—Parece mentira que seas tan inocente tú, Kyntark, la que siempre me aconseja que nunca me fíe de nadie —dijo inquieta, Gales—. Ten en cuenta que, después de papá y de los guardias, eres la primera persona con la que habla desde que está prisionero aquí, hace ya cuatro meses.
—Está bien, Gales, ¡déjalo ya! —exigió Kyntark, cogiendo a su hermana de los hombros—. Te prometo que no volveré a bajar a esas Mazmorras.
Pero estas palabras no salieron de su boca con la suficiente convicción. Gales lo percibió.
—Pero, ¿a quién me encuentro aquí? —surgió una voz desde el acceso Sur—. Si son mis hermanas favoritas.
Se trataba de Fleips, un joven kylion, hijo de Moist, uno de los Capitanes de la Guardia, y más amigo de Gales que de su hermana.
—¿Qué hacéis por aquí tan temprano? El día es amable, desde luego, pero me parece un poco pronto para que dos jovencitas como vosotras permanezcáis en el jardín de Mortuar en la mañana previa a su Gran Fiesta, charlando y…
—Vale, vale Fleips, ¡para! —El kylion era muy amigo de la conversación, por así decirlo—. A mí también me parece muy temprano para que un jovencito y charlatán kylion tenga tantas ganas de hablar y hablar sin parar —añadió Gales, risueña.
—Discúlpenme, venerables damas —contestó, intentando ocultar su sonrojo—. Me alegro mucho de veros.
Los Kylions tenían la virtud, entre otras muchas, de mantener su buen humor en casi cualquier circunstancia. Fleips llevaba esto hasta la máxima expresión.
—Y bien, ¿preparando alguna sorpresa para vuestra fiesta de esta noche? —preguntó.
La Gran Fiesta de Mortuar, Diosa de la Oscuridad, se celebraba todos los años esa misma noche, la única en que ninguna de las dos lunas, Xpin o Xindar, aparecían por el firmamento de Phyrium. Exceptuando a los Kylions, que afirmaban tener un solo y único Dios, las demás criaturas racionales celebraban dicha Fiesta, incluidos aquellos que se declaraban del bando maldito, comandados por el maléfico Saurk. Si para Erion y los suyos la oscuridad que Mortuar representaba suponía una parte más, complementaria al ciclo natural y de la vida, Saurk le daba un sentido radicalmente opuesto. Esa noche quedaba convertida en la Noche de Yashda, Negra Diosa de lo tenebroso y fúnebre, a quien invocaba adorándola con horrenda devoción.
—Tu intuición me deja asombrada, hermano kylion —dijo Kyntark, irónica—. ¡Qué pena que tú no asistas para animar aún más la reunión!
—Como bien sabes, nosotros no adoramos a vuestros Dioses, si bien los respetamos absolutamente —afirmó Fleips—. De todas formas, con la presencia de Gales en una fiesta, ¿qué otra animación se hace necesaria?
—Bueno, se hace lo que se puede —dijo Gales, complacida—. Alguien tiene que encargarse de animar a esta panda de aburridos —rió, señalando a su hermana. —¿Sabéis si por fin asistirá vuestro maestro? —preguntó, curioso, el kylion. —¿Velkar? ¡Ojala lo hiciera! Para mí sería una bendición —respondió Kyntark. La relación con su maestro y mentor era excelente, quizás mejor que con ninguna otra persona del Castillo. Todos pensaban que se debía al gran parecido que existía entre sus caracteres.
—Creo que sigue enfermo. Algo debió sentarle mal en la cena de anteayer —explicó Gales.
En ese momento, el cuervo Fúrin saltó graznando del hombro de Kyntark. Mientras se alejaba, Gales sintió una desagradable punzada de recelo y desazón.
—Bonita mascota con la que te has hecho, Kyntark —dijo Fleips con una maliciosa sonrisa—. Últimamente no os despegáis la una de la otra.
—Si no te agrada, puedes optar por no mirarla.
—Está bien, no te enfades —respondió el kylion, queriendo simular seriedad—. Has de saber que lo que más me atrae de él es el hermoso colorido de su plumaje — bromeó.
Dicho esto, se adelantó riendo unos pasos para no ser agredido por algún otro comentario mordaz proveniente de Kyntark. A pesar de todo, el kylion gozaba de todas sus simpatías y éste lo sabía, aún sin haber recibido nunca un cumplido por su parte. Aprovechando la circunstancia, Gales se acercó al oído de su hermana para decir:
—Espero que no faltes a tu palabra, porque si lo hicieses, muy a mi pesar, tendría que contárselo a papá —La hermana mayor se quedó inmóvil mientras Gales se adelantaba, gritando entusiasmada—: ¡Vamos Fleips! ¿Nos ayudas con los preparativos?
—Desde luego. No hay nada más enriquecedor para un kylion que poder ayudar a sus hermanos Humanos con sus costumbres, bastante extrañas todo sea dicho, si bien esto nunca debe ser razón para… —Y mientras Fleips continuaba hablando y hablando, Kyntark, apretando los dientes, luchaba por desterrar de su pensamiento el momentáneo sentimiento de repulsa que el último comentario de Gales había suscitado en ella.