CAPÍTULO SEGUNDO

“Nagaroth”

 

Tan diversa y variopinta era la gente que recorría las calles de Gashyn aquella soleada tarde, que la presencia de una joven casi oculta bajo una gran capa ocre con un negro cuervo posado sobre su hombro no llamaba demasiado la atención.
Durante cualquier jornada habitual la ciudad era siempre punto de encuentro de personajes extravagantes procedentes de todos los rincones del país. Había quienes acudían únicamente por el afán de conocerla dado su renombre y hermosura; otros, además, añadían la pretensión de conseguir observar de cerca al magnífico Erion y saludarle, tales eran la fama y el reconocimiento que poseía en todo lugar.
En un día tan especial como aquél, en el que se conmemoraba la Gran Noche de Mortuar, Gashyn convocaba a una mayor cantidad de forasteros, debido a la tremenda reputación de la que gozaba la ceremonia allí desarrollada. A excepción de las Dríadas, que no abandonaban el bosque bajo ninguna circunstancia, Kylions, Hombres, Elfos y Enanos, paseaban tranquilamente disfrutando de la agitación y el buen ambiente que se destilaba por cualquier rincón de la urbe.
La calle más concurrida, sin duda, era la principal o Calle del Mercado; era a la que primero se accedía si no se abandonaba la gran rampa que surgía al traspasar el Portón Norte. Los túneles abiertos en las profundidades del peñasco resultaban agotadores cuando la intención era ascender a la ciudad a pie, aunque los pobladores permanentes estuvieran más que acostumbrados. Aquí y allá, sobre la superficie, se alzaban enormes compuertas que permitían tanto la entrada como la salida; pero, al igual que los Portones, eran cerradas poco antes de la medianoche. A partir de ese momento nadie podía entrar ni salir ya de Gashyn.

Kyntark avanzaba decidida hacia el puesto del vendedor de velas, uno de los muchos que se hallaban repletos de gente esa tarde, abriéndose paso entre la multitud. Cethfyr le había hecho el encargo de adquirir algunas velas. Debido a una extraña desaparición de gran número de ellas el día anterior, se iban a hacer necesarias para los invitados de última hora.
Después de una primera parte del ceremonial en la que se recorrían en silenciosa procesión muchas de las calles de la ciudad, y tras una hermosa oración a oscuras en la Gran Plaza del Templo, la celebración continuaba en el interior de los propios hogares de cada familia, culminando en un Gran Banquete compartido a la tenue luz de las velas y en el que, a la hora de los postres, volvería a invocarse a Mortuar en la más completa oscuridad. El mayor de estos banquetes se llevaba a cabo en el Patio de Armas del Castillo, donde tanto los residentes como sus invitados se reunían para vivir juntos unos momentos que para todos eran de una singular emotividad y trascendencia.
Pero si para Kyntark hubiese sido posible, habría preferido dejar a un lado toda celebración y se habría retirado en soledad a sus aposentos para dedicarse a la actividad que tanto tiempo le tomaba últimamente: pensar en su futuro. En esos momentos, mientras caminaba, su mente no hacía sino dar vueltas y vueltas en torno a cuál sería ese enigmático secreto que el funesto Dargok había prometido desvelarle si decidía regresar aquella tarde y hacerle otra visita y que, por alguna extraña razón, pensaba que podía tener que ver con ese, su incierto futuro. La joven tenía muy claro que regresar a las Mazmorras no era una buena idea y que habría mucho en juego en caso de que llegara a oídos de su padre. Sin embargo, cada vez que pensaba en ello, un sentimiento de inquietante curiosidad la invadía; y si añadía el hecho de que el tan aborrecible ser se había mostrado agradable y hasta cierto punto cortés en su trato con ella, la posibilidad de volver a acercarse a él se convertía en una turbadora tentación.
“Además —pensaba—, estoy harta de tener que cumplir sin rechistar todas las normas que mi padre me impone. Ya tengo edad de coger las riendas de mi propia vida”.
Y coger esas riendas conllevaría tener que tomar decisiones que no siempre iban a ser del agrado de todos.
Tan abstraída estaba en esas especulaciones que no se percató de que, desde hacía ya rato, alguien la estaba siguiendo de cerca…
—Buenas tardes tenga usted, mi enigmática ¿señorita? – dijo con estudiada amabilidad el dependiente del puesto de velas al que Kyntark acababa de llegar, mientras miraba con recelo a Fúrin.
Se trataba de un enano, uno de los pocos que tenían fijada su residencia en Gashyn. El y su familia se instalaron bastantes años atrás, una vez descubierto que el negocio de la cera no estaba suficientemente explotado en la ciudad.
—Necesito cuarenta velas de tamaño pequeño – pidió la joven.
—¿Cuarenta velas? —preguntó extrañado Beylorn, que así se llamaba el vendedor— En verdad muchas parecen para una sola familia. Te envían del Castillo ¿verdad?
—Si no te importa, enano, dedícate a cumplir con tu trabajo y deja tus impertinentes preguntas para otro momento más propicio para ti y para el incauto que esté resuelto a contestarlas.
—Oh, está bien, de acuerdo, disculpe mi exceso de curiosidad —dijo un avergonzado Beylorn—. Ya me lo decía mi padre: Cállate Beylorn, mantén tu enorme bocaza de enano cerrada. ¿Por qué has de meterte siempre donde nadie te ha llamado?— añadió mientras se adentraba en el interior del puesto en busca de las velas. Al poco, regresó.
—Lo siento enormemente joven, pero debido a la gran demanda para la Fiesta de esta noche, no dispongo de velas suficientes para usted del tamaño que me solicita. —¿Y más grandes?
—Podría darle el resto de tamaño medio, pero permítame decirle (y puedo asegurarle que no está dentro de mis planes molestar a tan respetable damisela con mis vanos consejos) que acaso sea demasiado peso para usted sola.
—Yo podría ayudarle —dijo una inesperada voz a la derecha de la joven—. En caso de que a ella no le importe, claro está.
Se trataba de un alto y apuesto elfo cuya vestimenta delataba su condición de forastero. Su rostro, de rasgos ligeros y belleza etérea, proyectaba un halo de confianza que hasta a la propia Kyntark le resultaba costoso romper. Además, había algo en la transparencia que reflejaba su mirada que lo hacía merecedor de dicha confianza.
—No necesito ayuda de nadie —dijo la joven queriendo parecer cortante—; pero… gracias de todas formas.
—Entro a por las velas y si le parece oportuno comprobamos si será capaz de cargar con ellas ¿de acuerdo? —sugirió Beylorn al tiempo que desaparecía de nuevo. En esos momentos, Furin abandonó el hombro de Kyntark para posarse sobre el del elfo.
—Simpático ave… ¿cómo lo llamas? —preguntó éste.
—Fúrin —contestó la joven—. Eres el primero en no sentir repugnancia hacia él.
—Bueno, cierto es que tal vez no sea el animal más hermoso que mis ojos hayan contemplado; pero siempre he considerado a los cuervos como seres de una extraordinaria categoría amén de poseedores de algunos dones de especial relevancia… Las palabras del elfo, tanto por su contenido como por su talante, parecían querer socavar el rocoso espíritu de Kyntark.
—Por fin alguien interesante en Gashyn… —afirmó con un cierto rubor que alcanzó a disimular tras el capazo.
—Gracias por el cumplido —contestó halagado el elfo—. ¿Podría conocer tu nombre?
—Que no me resultes desagradable no significa que te erijas con el derecho a saber más de lo debido —respondió Kyntark con firmeza esta vez. Dar su nombre a un extraño, por muy atrayente que éste resultase, habría sido un grave error, o al menos eso era lo que ella, desde siempre, había estimado.
—De acuerdo; aún así, yo te daré el mío. Me llaman Nagaroth…
En esos momentos Beylorn apareció tras las cortinas.
—Mucho me temo que a usted sola le va a resultar harto complicado llegar al Cast…, perdón, a su destino con todo este peso – dijo el enano saliendo con un pesado saco a sus espaldas.
—Cóbrate y déjalo a mis pies —dijo Kyntark soltando unas cuantas monedas sobre el mostrador. Agarró el saco, mas, al intentar cargarlo sobre su hombro, apenas consiguió mantener el equilibrio. No habría podido dar más de diez pasos sin tener que tomar un descanso.
—Permíteme —dijo Nagaroth acercándose a la joven y cogiendo el saco con ligereza. Fúrin alzó el vuelo—. Te acompañaré hasta donde desees.
Kyntark miró fijamente a los ojos del elfo y, después de unos segundos de duda, contestó:
—Sígueme.
Y acto seguido comenzó a caminar entre la gente. Al mismo tiempo, en su interior dilucidaba sobre qué podría haber significado ese extraño pero magnético destello que había percibido durante un breve instante en lo más hondo de las pupilas de Nagaroth.

Gales y Fleips daban por terminada la colocación de las últimas banquetas en los sitios dispuestos para el Gran Banquete del Castillo.
—¡Uf! Vaya día hemos tenido. Estoy agotada —dijo Gales mientras secaba el sudor de su frente—. Espero que haya suficiente con todos estos cubiertos…
—Así lo espero yo también —añadió el kylion—. En todo caso debo recordarte, querida amiga, que en el rincón sur del patio, como puedes ver desde aquí, se encuentran apiladas banquetas suplementarias que, junto a las mesas que a su lado están, podrían ser incorporadas en el supuesto de que se diera un imprevisto aumento del número de invitados que…
—Ya, Fleips, ya lo sé —interrumpió Gales—. Ojalá no hagan falta porque, tal y como están colocadas, para alcanzar la primera habría que hacer una extraña pirueta.
—Cierto. Muy gustoso sería yo de descubrir quien resultó ser el insólito personaje al que se le ocurrió la feliz idea de levantar esa tan inverosímil pirámide de banquetas… De improviso, un tremendo estrépito sacudió todo el patio, como si de una avalancha de troncos rodando ladera abajo se tratase.
—¡Por Mortuar! —exclamó Gales alarmada mientras miraba en dirección al rincón sur. Se trataba de la pirámide de banquetas—. Más vale que no hayan caído encima de alguien, pues sin duda habría que llamar de urgencia a Ledbix, el sanador. —Ja, ja, ja… —rió enérgico Fleips—. No será necesario. ¡Mira! Por allí corren ilesos los dos responsables.
—Maels y Gresin, los hijos de Mestrin —dijo Gales con gesto de risueña resignación—. ¡Son tremendos!
—Pues yo me atrevería a afirmar que la travesura no va resultar del agrado de Cethfyr —comentó el kylion al dejar de reír—. Presiento otro ligero cambio de humor en su ya más que exprimida paciencia…
—Dices bien, joven Fleips —les sorprendió la voz de Cethfyr, que en esos momentos llegaba a donde ellos estaban—. Opino que esos diablillos llevan mereciéndose un firme correctivo desde hace bastante tiempo.
Gales y Fleips disimularon la sonrisa como buenamente pudieron.
—¿Ha llegado ya Kyntark con las velas? —preguntó Cethfyr.
Cethfyr era una de las muchas sacerdotisas entregadas en cuerpo y alma a dar gloria a los Dioses y a hacer de mediadora entre Ellos y aquellos que los adoraban. Al ser la organizadora ese año, llevaba varios días alojada en el Castillo, pero normalmente tenía su residencia en las dependencias del Templo Mayor, una magnífica construcción situada en pleno centro de la ciudad y que acogía a un gran número de sacerdotes y magos. Todos ellos eran los encargados de las labores relacionadas con el culto religioso si bien, en algunos casos, Erion requería la presencia de los magos para aprovechar sus poderes en la batalla.
—Pues no ha llegado aún —respondió Gales—. No creo que se demore ya demasiado.
—Es mucha la gente que este año está llegando con más invitados de lo normal —explicó Cethfyr.
Era costumbre en esa fiesta el que los habitantes del Castillo, después de una apacible tarde paseando entre el bullicio de la ciudad, regresasen con algún forastero al que hacían invitado de última hora al Gran Banquete.
—Todavía no entiendo cómo pudieron desaparecer esa cantidad de velas así, de la noche a la mañana… —añadió la sacerdotisa.
—A pesar de que a algunos estos acontecimientos les parezcan nimiedades —intervino Fleips queriendo incluir en sus palabras mayor misterio del que él mismo llegaba a intuir—, va siendo lícito sospechar que, aparte de los hijos de Mestrin, existe algún otro personaje en el Castillo interesado en sacar de sus casillas a más de uno. —No sé qué pensar —dijo extrañada Cethfyr—. Pero lo cierto es que hay quien opina que la indisposición de Velkar no ha sido un hecho fortuito.
—Esas son ya palabras mayores —dijo el kylion incómodo y francamente sorprendido.
—Si os dijese hacia quién van dirigidas mis sospechas, me tomaríais por loca —dijo Gales dedicando un taciturno pensamiento al sórdido cuervo de su hermana.
—En fin. El caso es que deberíamos recolocar todas esas banquetas caídas, porque con toda seguridad habrá que añadir alguna más.
—Ay, querida Cethfyr —suplicó Fleips—. Has podido contemplar cómo hemos pasado la jornada en pleno dedicados a esta tan honrosa labor de preparación del festín; pero nuestros extenuados cuerpos van precisando ya un merecido descanso que… —Muy bien, de acuerdo —le paró Cethfyr—. Id a asearos y descansad unas horas antes del desfile. Lo tenéis bien merecido. Por cierto, Fleips —añadió—, tengo entendido que en pocos días celebrarás tu mayoría de edad…
—Así es. Y, sin ningún género de duda, estaréis todos invitados —respondió el kylion.
—Estoy deseando saber cómo te sentará el nuevo peinado… —comentó Gales jocosa. Los Kylions, raza de menor estatura que los hombres, de delgado porte, orejas puntiagudas y larga melena, solían celebrar su diecinueve cumpleaños con una hermosa ceremonia en la cual el homenajeado acababa recogiendo sus cabellos en un complejo peinado que decoraban con plumas de águila.
—Allí estaremos —dijo Cethfyr sonriente— y, por cierto, muchas gracias por tu tan desinteresada ayuda en el día de hoy…
—Gracias a ti, ¡oh, magnánima sacerdotisa!, por conceder a este humilde kylion la posibilidad de colaborar en esta tan preciada festividad para Humanos, Elfos, Enanos y Dríadas que, aunque como bien sabes mi raza no celebra…
—Vamos Fleips, descansa un rato también tu lengua y vayámonos ya – bromeó Gales tapándole la boca al kylion y llevándoselo casi a rastras de la presencia de Cethfyr.
Mientras tanto, ésta había decidido ya quiénes iban a ser los encargados de ayudarla a devolver las banquetas a su sitio…
—¡Maels! ¡Gresin! ¡Venid aquí de inmediato! Después de esto quizá se os quiten las ganas de seguir correteando por ahí como poseídos por algún espíritu maligno…

—No quisiera importunarte —incidió Nagaroth no sin cierto reparo—, pero si tuviera alguna idea de hacia dónde dirigimos tan pesada carga, el camino se me haría más llevadero.
Queriendo mantener su imagen de joven dura, Kyntark, con mucho esfuerzo, había guardado silencio durante todo el camino, pese a los continuos y amables intentos de conversación por parte del elfo. Pero la atracción que éste le suscitaba acabó por derribar las barreras.
—Vamos hacia el Castillo. Si quieres descansar un rato, puedo intentarlo yo… —¿Al Castillo de Gashyn? —declaró sorprendido Nagaroth—. Entonces…vives allí; ¿temporal o permanente?
—Permanente… para mi desgracia —estas últimas palabras creyó Kyntark que el elfo no habría podido escucharlas.
—Entonces, conocerás a las hijas del gran Erion. ¡Cuánto daría por conocer a una de ellas…!
—¿A cuál, si no es indiscreción?
La curiosidad y la sorpresa hicieron que la joven se expresara con más educación de la que acostumbraba a utilizar.
—A la mayor, desde luego; Kyntark creo que es su nombre. Dicen que su belleza sólo es comparable con la de las damas de mi raza.
Kyntark se ruborizó y no supo qué decir durante un rato.
—¿La conoces? —preguntó el elfo.
—Creo que te llevarías una decepción —dijo la joven casi para sí—. ¿Dónde te alojarás durante el Banquete? —añadió con voz trémula.
—Había pensado pasarme por casa de unos amigos enanos, pero ni siquiera les avisé de mi llegada.
A punto de llegar a la puerta norte del Castillo desde la cual, tras ascender la escalinata que atravesaba los jardines de Gythian, se accedía al Patio de Armas, Kyntark dijo:
—Si lo deseas, quedas invitado al Gran Banquete de Mortuar en el Castillo. —¿Hablas en serio? —preguntó Nagaroth.
—Viene conmigo —informó la joven a los soldados que guardaban la puerta—. Pasa y deja las velas en el suelo —añadió dirigiéndose a Nagaroth—. Informaré a Cethfyr de tu presencia y podrás vagar a tu gusto hasta que llegue la hora del ceremonial. Ah, y gracias.
Diciendo esto, se bajó la capucha de espaldas al elfo y se adentró buscando a la sacerdotisa.
—¿Me dirás quien es Kyntark? —preguntó Nagaroth mientras ésta se alejaba. —Tenlo por seguro – respondió la joven.
Y una inquietante pero hermosa sensación que jamás había experimentado la fue invadiendo hasta lo más profundo. A punto estuvo de dar la vuelta para observar de nuevo al elfo y, si lo hubiera hecho, habría podido contemplar cómo, en ese momento, Fúrin bajaba desde el aire y volvía a aposentar sus escuálidas garras sobre uno de los hombros de Nagaroth, el elfo.