“La Leyenda de Leureley”

Libro Primero: “Gales”

Publicado por Ediciones Atlantis en Marzo de 2010. Pincha AQUÍ para adquirirlo.

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PRÓLOGO 

 

 

 

La majestuosa silueta de Erion se alzó sobre la colina.  

Fue tal la conmoción que aquella visión provocó en los ánimos del enemigo, que la tendencia en la refriega dio el vuelco necesitado.

De súbito, y aunque daban la impresión de mantener el mismo vigor en la lucha,  una sombra cubría la voluntad de los asaltantes. Los golpes de espada, brutales hasta ese instante, perdían fortaleza de manera gradual. Al poco rato, acababan convertidos en guerreros cómodamente vencibles.

No se trataba de una llegada repentina ni salvaje, que con un ardiente alarido de guerra animase a hombres y kylions a luchar con mayor ferocidad. Aquello que se constituía como el auténtico terror para los soldados kretor y las criaturas crithnos se encontraba en el solemne e imponente porte del héroe, así como en la esplendorosa espada que sujetaba, Zaith, cuyo filo siempre señalaba hacia el Sur antes de realizar la primera sacudida. Se decía de ella en toda Phyrium que, si resultaba bañada por la luz de la luna Xpin en mitad de una batalla, sería capaz de acabar con todo un ejército, por extenso que fuese.

En esta ocasión, Erion divisaba el Sur frente a sí, así que el extremo de la espada se tendía directamente hacia el batallón adversario. Un batallón que, una vez más, como venía haciendo desde hacía setenta y tres años, tenía como objetivo el asalto a la ciudad de Gashyn.  Ocupando el Castillo y extinguiendo el Sagrado Incólume Fuego, se alzaría con el poder para, una vez en sus manos, dar inicio a la conquista de las demás ciudades de la región. Derrotado ya el héroe y vacías de toda esperanza, no caerían sino con suma facilidad.

«Son demasiado pocos esta vez», pensó Erion antes de comenzar el avance. Le resultaba extraño el escaso número de insurgentes que aquel día combatían en la inmensa explanada de Elyum, cerca de Gashyn. «Dargok debe estar desesperado si después de tantas derrotas todavía cree que con estos esbirros va a causarnos daño alguno…», y sin apenas tiempo para finalizar este pensamiento, azuzó con fuerza a Jamik, su caballo, y se abalanzó repleto de furia en dirección a los kretor que peleaban en la vanguardia.

En la primera sacudida cayeron tres de ellos sin la menor huella de vida en sus escamosos cuerpos. Pedazos de espadas y escudos hechos añicos volaban a su alrededor como si de una cruel avalancha se tratase. Tanta rabia contenía la embestida que no hubo resquicio de arma que pudiese rozarle siquiera. “Quizás esté resultando exageradamente fácil”. Esta idea cruzaba la mente de Erion conforme golpeaba. La resistencia era mínima y hasta sus propios hombres empezaban a percatarse de ello…

Habiendo sido abatidas varias decenas de enemigos, un sonido de ultratumba surgido de más allá de las últimas líneas de los crithnos comenzó a paralizar a los contendientes. El gutural bramido fue haciéndose cada vez más poderoso y, si bien no podía salir de garganta amiga, a Erion le pareció extrañamente familiar. De tal magnitud y duración resultaba aquel grito desgarrador que todos los soldados en lid tuvieron que apartarse hacia los lados, aterrorizados, y abrir paso a la figura de la que procedía. Nadie luchaba ya. Todos esperaban con ansiedad el final de aquel  alarido infernal. Llegado el momento, Erion y los suyos descubrieron a su enigmático emisor.

—¡No doy crédito a mis ojos! —gritó en la distancia Erion, cuya voz no dejó entrever la desazón suscitada por el horrendo grito—. ¡Pero si no es otro que Dargok, y dispuesto a luchar!

—¡Ja,ja,ja! —rio el tal Dargok. Su mirada traducía la existencia de un odio extremo— ¡Resulta patético observar cómo el magnánimo gran héroe de Phyrium se maneja con armas tan innobles como la ironía y el sarcasmo! ¡De poco te va a servir la socarronería, escoria, pues estás muy próximo a tu caída!

El oscuro ser montaba un caballo de un negro abismal. En su conjunto, la figura resultaba aterradora. Muchos de los kylions allí presentes, pese a oír hablar tantas veces del indeseable Primer Lugarteniente de los Ejércitos Malditos, nunca habían podido contemplarle de manera directa. Después del espanto que aquella visión les provocó, habrían preferido no conocerle jamás.

—¡Sería triste que no te hubieras podido despedir de tus dos encantadoras hijas, oh, gran héroe! —afirmó Dargok con estudiada astucia—. ¡Pero no siempre puedes tener lo que quieres! ¡Tu hora ha llegado! —añadió con extrema frialdad.

Tras estas palabras, el resto aún vivo del ejército de Dargok rompió en exclamaciones de júbilo. Fueron tan fuertes que pudieron escucharse hasta en el último rincón de Gashyn, lo que, como más tarde se comentaría, despertó un inusitado temor entre sus habitantes. Finalizado el desconcierto, Erion pudo volver a pensar con claridad. Enseguida comprendió que aquel desafío suponía algo inaudito. Jamás Dargok se había dejado ver en ninguna de las incursiones de su ejército a lo largo de los años; siempre inteligentemente oculto, desde su posición observaba y dirigía a las huestes, a quienes, se decía, era capaz de controlar con la mente.

La última vez que Erion y Dargok se habían visto las caras fue cincuenta años atrás, poco antes de la Llegada de los Kylions. El Maldito, como también se le conocía, visitaba en compañía de unos pocos kretor la no muy lejana ciudad de Dridors. Su intención, la de esparcir entre sus habitantes mentiras contra Erion, a sabiendas de que éste habría de presentarse en breve, avisado, como siempre era, por la Guardia Permanente. Dargok, sin ni siquiera dignarse a plantar cara al héroe, abandonó la ciudad maldiciendo contra él. La fuerza y el poder de Erion eran tales que nadie, desde que finalizase su entrenamiento hacía ya más de setenta años, se había atrevido a luchar cuerpo a cuerpo con él; se sabía invencible.

De improviso, y para sorpresa de todos, Dargok espoleó a su caballo. El animal, tras levantar con furia sus patas delanteras en un relincho espeluznante, inició a galope su avance en dirección a Erion. El rostro de Dargok, ya de por sí terrorífico, mostraba ahora una despreciable mueca de rabia descontrolada. No gritaba esta vez, sino que de lo más profundo de sus entrañas surgía, aberrante, una especie de rugido que bien podría haber sido confundido con el de alguna bestia inmunda.

En el reducido espacio de tiempo en que alcanzó la posición de Erion y arremetió con su espada, el gran héroe hubo de disimular un gesto de sorpresa ante el  arranque inesperado del oscuro ser. No habría sido necesario, pues los ojos de aquellos que aún quedaban con vida en la explanada se dirigían, absortos, hacia la figura de Dargok. No obstante, sólo tuvo que ejecutar un rápido y preciso movimiento para evitar un golpe, por otra parte, bastante poco certero. Esto acabó por despejar las mínimas dudas cosechadas por Erion, quien decidió, con una velada sonrisa en los labios, esperar desde su posición el siguiente embate.

Un embate que no se demoró. En esta ocasión, sin embargo, y a punto de ser embestido, Erion utilizó lo que dura un parpadeo para dejar caer su cuerpo hacia uno de los costados de su caballo. De este modo, a escasos centímetros del suelo, blandió a Zaith y, de un único tajo, cortó las dos patas traseras del caballo de Dargok. El Maldito cayó al suelo de estrepitosa manera, mientras que el animal, mutilado, bramaba de dolor. Erion, entonces, se acercó hasta la bestia y, asestándole otro feroz golpe en mitad del cuello, la envió a las tinieblas. A pesar de su maldecida condición, ningún ser era merecedor de sufrimiento tan atroz.

Al ver Erion que Dargok intentaba incorporarse, dio un enérgico salto hacia su posición, lo agarró y, haciéndole caer de nuevo, aplastó su rostro contra el suelo. Desarmado y sin ninguna posibilidad de resistencia contra la brutal fuerza del héroe, se limitó a suplicar:

—¡No, no me mates Erion, por favor! Nunca debí enfrentarme a ti. ¡He sido un necio!

—¡Nunca lo he dudado, pero te arrepentirás de tu osadía! —espetó Erion mientras la punta de Zaith apretaba el opaco cuello de Dargok.

—¡No, no quiero morir! —gemía el ser—. Tú siempre has sido justo hasta con tus enemigos. ¡No puedes acabar conmigo de esta manera!

—¡Tú eres más que un enemigo para mí! —exclamó Erion—. Demasiados son los años que llevas martirizándonos y muchos los inocentes que han muerto por tu causa.

—Tienes razón, héroe. Pero debes darme una oportunidad —rogaba Dargok con gesto lastimero—. Hazme prisionero, enciérrame en tus mazmorras, tortúrame si es necesario; pero no me mates, te lo ruego. Quién sabe si, con el tiempo, no haces de mí un hombre de bien…

Erion, enfurecido tras discurso tan sarcástico, levantó a Zaith y, dando un fuerte grito, asestó una salvaje estocada que rozó la oreja de Dargok. Enseguida, un hilo de sangre decrépita y negruzca comenzó a teñir la hierba, hasta ese momento inmaculada. El héroe, temblando de ira, se apartó del cuerpo de su enemigo y gritó a sus soldados:

—¡Atadle y llevadle a las mazmorras! —Y añadió como para sí—: Supongo que me arrepentiré de no haber terminado con él en este día.

En ese preciso instante, un gran cuervo negro pasó graznando por encima de sus cabezas en dirección a Gashyn.

—¡Y vosotros, malditos! —gritó a los kretor, pues los crithnos no conocían el lenguaje común—: ¡Id a Saurk y decidle que Dargok es mi prisionero y que si en algo estima la repugnante vida de su siervo, que no permita que os acerquéis nunca más a estas tierras!

Dicho esto, envainó la espada y dio media vuelta. Al hacerlo, pudo ver cómo Dargok era arrastrado por sus hombres en dirección a Gashyn; y una sombra se alzó en su interior al haber podido jurar que observó, durante un mínimo instante solamente, una socarrona sonrisa en sus negros labios…